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Tras completar sus estudios primarios, siguió los
de magisterio y letras y durante cinco años fue maestro rural. Pasó más tarde a
Buenos Aires, y en 1951 viajó a París con una beca. Concluida ésta, su trabajo
como traductor de la Unesco le permitió afincarse definitivamente en la capital
francesa.
La literatura de Cortázar
parte del cuestionamiento vital, cercano a los planteamientos existencialistas,
en obras de marcado carácter experimental, que lo convierten en uno de los
mayores innovadores de la lengua y la narrativa en lengua castellana. Como en
Borges, sus relatos ahondan en lo fantástico, aunque sin abandonar por ello el
referente de la realidad cotidiana, por lo que sus obras tienen siempre una
deuda abierta con el surrealismo.
Muy pronto, Julio Cortázar
se convirtió en una de las principales figuras del llamado «boom» de la
literatura hispanoamericana, y disfrutó del reconocimiento internacional. A su
sensibilidad artística sumó su preocupación social: se identificó con los
pueblos marginados y estuvo muy cerca de los movimientos de izquierdas.
En este sentido, su viaje
a Cuba en 1962 constituyó una experiencia decisiva en su vida. Merced a su
concienciación social y política, en 1970 se desplazó a Chile para asistir a la
ceremonia de toma de posesión como presidente de Salvador Allende y, más tarde,
a Nicaragua para apoyar al movimiento sandinista. Como personaje público,
intervino con firmeza en la defensa de los derechos humanos, y fue uno de los
promotores y miembros más activos del Tribunal Russell.
Como parte de este
compromiso escribió numerosos artículos y libros, entre ellos Dossier Chile: el libro negro,
sobre los excesos del régimen del general Pinochet, y Nicaragua, tan violentamente dulce,
testimonio de la lucha sandinista contra la dictadura de Somoza, en el que
incluye el cuento Apocalipsis
en Solentiname y el poema Noticias para viajeros. Tres
años antes de morir adoptó la nacionalidad francesa, aunque sin renunciar a la
argentina.
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